Mi primera vez fue inolvidable. Estadio lleno, emoción desbordada y dos equipos que no se guardaron nada. Era en aquellos tiempos en que se jugaba por amor a la camisola.
Estaba en preferencia norte con mi tío Pedro y Juan Carlos Espinoza la recibió pegadita a la línea de cal, cerca del banderín de esquina. Empezó a regatear a cuanto rival salía a marcarlo. Iba a entrar al área cuando decidió rematar. Fue un derechazo cruzado, a ras de piso, el uruguayo Poyú voló, pero fue imposible. El más talentoso que nació en Tela había embarazado las redes.
Celebraron no más de tres mil. Era en aquellos años en que los aficionados del Real España cabían en un volkswagen. La mayoría, ¡unos 17 mil esmeraldas!, se fueron cuando dormía el sol a sufrir, aún más, el síndrome del domingo por la tarde.
Luego, muchos años después, me tocó el turno de vivirlo como reportero. Marathón tenía como cinco años de no salir sonriendo de un clásico. Recuerdo la expectación que despertó ese partido. Era el debut del “Dream team”, así bauticé al equipo que armó el búlgaro Arahangel Gigov. Nuevamente estadio a reventar. Durante la semana la gente no paró de llamar a las emisoras explicando por qué iba a ganar su equipo. (más…)