
Da tristeza y decepción que ahora se hable más de los dispositivos de seguridad que de este apasionante clásico, más de las batallas campales que de la pelota, más del odio patológico de grupúsculos de delincuentes que de la historia de este vibrante duelo. Ya es tiempo que la Policía pare esta barbarie o que los antisociales recapaciten, levanten la bandera de paz y se unan a la fiesta.
Ahora, al fútbol. Real España es mejor equipo, es un bloque más compacto que Olimpia y tiene a Ramón Maradiaga. Hace doce días, cuando la mayoría daba a Marathón como favorito, apelé al “factor Primi” para explicar porque, a mi juicio, los aurinegros iban a ser finalistas.
Sigo pensando que Maradiaga por su experiencia y atrevimiento le da un plus de ventaja al Real España, pero Olimpia es Olimpia.
Recuerdo la final de 1987 frente a Marathón, los partidos de enero de 2001 clasificatorios para el Mundial de Clubes ante Toluca y Pachuca y la final de 2002 contra Platense en el Olímpico. A los cuatro juegos Olimpia llegó en plan de víctima y en los cuatro terminó festejando.
Nombre por nombre, los del León son más rutilantes. Además, hay factores imponderables que definen el resultado de un partido, como una expulsión tempranera, una desconcentración, una genialidad o un error del árbitro.
Planteado este panorama, no puedo descartar a Olimpia de un plumazo. Lo que sí puedo hacer es ilusionarme con una fiesta inolvidable, con un fútbol de alto vuelo y con una rivalidad deportiva que dejará chiquito al Morazán y paralizará a Honduras a través de la televisión.
Decía William “Bill” Shankly, el escocés que resucitó al Liverpool en las décadas de los sesenta y setenta, que “el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso”. Mientras tanto, Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid, señaló que su equipo “debe ganar por lo civil o por lo criminal” en alusión al partido que los colchoneros disputarán hoy con el Valencia en el que está en juego un boleto a la Champions.
Así debe ser el partido de esta noche. De alarido, disputado con ardor. Pero en la cancha. En las graderías que se siga el ejemplo de lo vivido semanas atrás en Europa. El Boca-River, el Fla-Flu, el Inter-Milán y Roma-Lazio se quedan cortos ante la grandeza del Real Madrid-Barcelona. Y en el Bernabéu hace tres sábados no sólo estuvo en juego el título, sino el orgullo y una disputa regional con matices políticos, pues los catalanes consideran a Cataluña una república dentro de España.
¿Y qué pasó? Barcelona se fue feliz bajo una lluvia de aplausos en la propia catedral del Madrid después del inapelable y maravilloso 6-2. Cuatro días después en Stamford Bridge el equipo de Guardiola clasificó a la final de la Champions gracias a un escandaloso arbitraje del sicólogo noruego Tom Henning Ovrebo. No fueron dos ni tres los penales que dejó de sancionar a favor de los locales. Fueron cuatro. ¿Y qué pasó? El árbitro se fue abucheado, el Barça celebró el pasaje a Roma en forma eufórica, mientras el público del Chelsea reconocía con cánticos y aplausos el esfuerzo de sus guerreros.
Sigamos el ejemplo y civismo de los europeos. De lo único que se debe hablar hoy después de las 9.20 de la noche es del gran espectáculo que nos regalaron uno y otro. Del respetuoso comportamiento de la afición. Los nombres ilustres de Real España y Olimpia no los queremos ver en las páginas de sucesos de los diarios. Las instituciones no se lo merecen. Y las familias que aman al fútbol tampoco.
Aunque no ganó las vueltas, los números de Marathón son impresionantes: anotó más de dos goles por partido. Su fútbol fue extremadamente vertical, estaba obsesionado con el marco contrario y eso en estos tiempos de especulaciones y tacañerías se agradece. Fue de los pocos equipos por los cuales valió la pena pagar la entrada al estadio.
Además, en el mano a mano ante Real España salió bien librado y el reglamento le favorece en caso de empate en puntos y diferencia de goles. A pesar de estos argumentos considero que Real España ganará la serie y avanzará a la final.
¿La razón? El factor Primi. Ramón Maradiaga no sólo es el mejor entrenador de Honduras, sino que es el más valiente. Su plan de juego es agresivo, los jugadores creen en él y, sobre todo, impone y respeta su estilo.
Ahí radicó su triunfo en Motagua, ahí se gestó la conformación de una Selección Nacional, que si bien es cierto ganó poco comparado con el potencial que tenía, adquirió un estilo que es lo que más cuesta lograr en el fútbol. Ésa es la frontera entre los que ganan un título y los que marcan una época. “Chito” Reyes, Gilberto y Treviño fueron campeones con Motagua, pero, ¿quién se acuerda de ellos? Primi, en cambio, es un ícono del Ciclón.
Muchos amigos y periodistas coinciden en que el Vida se salvó por ayudas externas. Yo pienso que no. Si así fuera, el fútbol en Honduras no tendría razón de ser. El Vida ha sido mal dirigido en los escritorios, no tiene un proyecto, todo es improvisación e improvisación, pero tiene una gran afición y es una institución noble y querida en todo el país.
Por esa razón, el mejor regalo que jugadores y entrenadores se pueden dar es callar las voces malintencionadas, salir a jugar con ilusión, inspiración, concentración, hombría y buen fútbol como lo hicieron ante Real España y Marathón.
Si cumple estos parámetros no tengo ninguna duda de que eliminará a Olimpia y su milagro de salvarse y llegar a la final coronará una campaña épica e increíble, cargada de dolor, impotencia y sufrimiento, pero también de alegría.
En el banquillo, Vida está súper bien dirigido. Se conjugan la sabiduría de Nahúm con la emotividad de Calderón. Esta simbiosis ha sido explosiva. El primero pone el conocimiento; el segundo, el corazón, la pasión y el amor por los colores.
Enfrente estará Olimpia. Me emociono cuando este equipo sale a la cancha, pero cuando lo veo jugar me aburre y me hace añorar aquel equipo que ganaba y, que fundamentalmente, daba espectáculo. Esas dos circunstancias -triunfos y fútbol show- generaron que los merengues adquirieran la condición de fenómeno social y que despertaran la envidia y admiración en todo el país y Centroamérica.
“No seas anticuado. En el fútbol lo que importa es ganar y punto”, me dijo un amigo. Inmediatamente me acordé del Juan Carlos Espinoza jugador. JC Tenía elegancia para distribuir el balón, una técnica depurada, una visión de cancha privilegiada, le pegaba bien con las dos, mataba o le metía ritmo a los partidos según su conveniencia y asumía siempre el compromiso de agradar a los aficionados que hacían un gran esfuerzo económico por ir a ver al Olimpia. Hoy ya no pasa esto, los que nos gusta el fútbol extrañamos aquel Viejo León. Y que conste, Juan Carlos no es el culpable.