La pasión no se vende: se siente. La adrenalina fluye, el corazón se acelera. ¿Por qué andamos alegres cuando nuestro equipo gana o con caras de pocos amigos cuando pierde? Porque somos apasionados. Así somos en LA PRENSA. Por eso estamos aquí, transmitiéndole pasión, mostrándole otra cultura a través de un rostro lindo. El del deporte y, lo que es mejor, con el equipo que más amamos: nuestra Selección Nacional.

Así venimos a parar a Qinhuandao, una ciudad que sólo con observarla nos dice por qué China se aproxima en poco tiempo a convertirse en la máxima potencia del Orbe. La gente es disciplinada, trabajadora, educada y amigable.

Nos hemos encontrado con pequeños obstáculos, desde luego superables; el desvelo nos agobia, el cansancio pone a prueba nuestro espíritu. Pero empatamos con nuestra actitud y ganamos por agradar a nuestros miles de lectores. A ellos no les podemos fallar, las excusas no valen.

Estar aquí corona uno de mis sueños de niño cuando me sentaba frente al televisor a conocer el abc del deporte, explica mi incredulidad cuando miraba a Maradona realizar jugadas imposibles, mi alegría cuando “Pecho de Águila” cruzaba a Arconada en aquel junio inolvidable de 1982 y la tristeza de aquel mediodía de domingo cuando México dejaba sin mundial al equipazo que armó “Primi” entre 1999 y 2001.

Emil Martínez, futbolista de nuestra Selección, explica lo que significa estar en este evento. “Mucha gente no le la importancia que se merece a las Olimpiadas. La semana pasada estuve en la Villa Olímpica y la alegría que sentí fue indescriptible. Pasé al lado de estrellas que jamás en mi vida hubiese visto. No podía creer que frente a mí estaban los jugadores de la NBA”.

Rafael Nadal, el consagrado tenista español, logró otra victoria épica ante, esta vez sin jugar. Decidió alojarse en la Villa Olímpica y no en un hotel cinco estrellas ni transportar se en un Mercedes Benz como lo hace el suizo.

Ni las victorias que obtuvo en Roland Garros y Wimbledon lo han hecho tan popular como estar con miles de atletas que no tienen su cobertura mediática, su fama ni sus millones de euros en el banco.

Pero el tenista español no se queda ahí. El lunes 18 será el número uno del mundo por primera vez en su vida. Pero ese logro por el que tanto ha soñado no le ha paralizado su sueño olímpico. “Ganar una medalla, subirse al podio y escuchar el himno de su país no tiene precio. Por eso estoy aquí, por eso me alojé en la Villa. Quiero ser, no, mejor dicho, soy un atleta más”.

La pasión del mallorquín sigue intacta pese a su incalculable fortuna. De eso se trata estar en Qinhuandao. De vivir esa pasión y transmitirla a través de LA PRENSA. De emocionarse, de vibrar a través de este maravilloso mundo que sólo el deporte puede hacer posible. Agradezco a Dios el podérselos contar y vivirlo junto a usted en el mejor diario del país.